Antiguas tradiciones no duales

De la profunda conexión con la naturaleza que tenía la humanidad primitiva surgieron las tradiciones milenarias no duales, que transmitieron formas de vivir en comunión con el resto de la naturaleza y el cosmos, de los que los seres humanos no son algo ajeno ni separado, sino que pertenecen, forman parte totalmente. Algunas de esas sabidurías no duales, como el tao chino o el tantra indio, tienen su origen hace varios miles de años. Para estas tradiciones, la profunda unidad de la polaridad se simboliza con Shakti y Shiva en el tantra indio, o yin y yang en el tao chino, por citar sólo dos casos. La actitud dual corresponde a las sociedades de dominación que disolvieron las comunidades anteriores no duales.

Todo lo que según estas tradiciones no duales representaba la parte femenina ha sido durante miles de años reprimido, perseguido y considerado polo “malo” por las ideologías duales, religiosas, que separan en bueno y malo todas las polaridades, y para los que su divinidad es siempre el polo bueno, dios, y el malo, en cambio, es el diablo. En efecto según la interpretación católica de Biblia fue Eva, la mujer, la “mala”, la que hizo pecar a Adán, el hombre, el “bueno”.

En las tradiciones no duales son femeninos determinados polos, como lo negativo, por su cualidad receptiva. No por ello es malo, aunque se ha incorporado a nuestro lenguaje como sinónimo de esto último, mientras su polo opuesto, lo positivo, es tenido como bueno. En la realidad esto es absurdo, por ejemplo cuando una célula o un cuerpo están cargados eléctricamente de manera positiva se encuentran saturados, llenos, y por tanto no pueden intercambiar información o energía con el medio, lo que ocurre en situación de estrés o toxicidad, y de persistir esto lleva finalmente a la enfermedad. En cambio cuando la carga de una célula o un cuerpo son negativos están relajados, fluidos, felices y abiertos a la vida.

Lo oscuro también es femenino según las tradiciones no duales: es oscuro el útero, el interior de la vagina, la cueva, el interior de la Tierra… así en todas las culturas duales lo oscuro también es sinónimo de malo. En cambio se cree que lo bueno es lo claro, la claridad, la luz, lo luminoso… Lo mismo pasa con los colores negro y blanco. Lo negro, femenino según las tradiciones, es considerado malo: “He tenido un día negro”. Todo lo malo en los cuentos para niños o en las películas occidentales es negro, como el malo Darth Vader en La guerra de las galaxias. Lo bueno en cambio es blanco, como los buenos de la Alianza en esa misma película o la misma Blancanieves, doblemente blanca. Esta identificación de negro-malo y blanco-bueno no sólo denota sexismo, sino también racismo. También es femenina la noche, y pasa lo mismo, por ello fue convertida en polo malo (“con nocturnidad y alevosía”) o la izquierda (de sinistra, “siniestro”, pero también “me he levantado con el pie izquierdo”), y existen numerosos ejemplos más en el mismo sentido.

Por todo ello, durante miles de años, la feminidad ha sido reivindicada como forma de retorno a la totalidad de la sociedad humana, aún si esto significaba a veces polarizarse en el otro lado, en el lado femenino en cambio de en el masculino. Para nosotros, de lo que se trata, entonces, es de volver a situar en el centro de nuestra vida individual y colectiva todo aquello que representaba el polo femenino y fue reprimido durante siglos. Recuperar nuestra feminidad es equilibrar todas nuestras polaridades, no sólo las que simbolizan a todas las demás, como femenino-masculino, negativo-positivo, sino todos los pares de opuestos, todas nuestras posibilidades como seres humanos. Se trata de aceptar, integrar y vivir totalmente nuestras partes oscuras, negras, nocturnas… nuestras cualidades de la parte izquierda del cuerpo y así desarrollar nuestra intuición y nuestra creatividad. Se trata de aceptar la doble polaridad de la existencia y vivir tanto el placer y el amor, como el dolor y el desamor. Nada podemos vivir con intensidad si pretendemos abrirnos sólo a un polo de la realidad, pues si nos cerramos a sentir el dolor, también bloquearemos nuestra capacidad de sentir el próximo instante de placer. Sin embargo, no se trata de acentuar el polo femenino en cambio del masculino, sino de tender hacia el equilibrio dinámico entre ambos.

El andrógino

La unión de las polaridades en el tantra se representa con símbolos de la unidad de Shakti-Shiva. Por un lado, el lingam o la unión de los órganos sexuales femenino y masculino humanos y, por el otro, el andrógino, Ardhanari, personaje simbólico mitad mujer y mitad hombre, mitad Shakti y mitad Shiva. Como el andrógino, cada ser humano también tiene en su parte izquierda del cuerpo (dirigida por el hemisferio cerebral derecho) a su parte femenina, algunas de cuyas cualidades son la intuición o la creatividad artística, elementos que también han sido minimizados por la cultura dual. Al revés se ha propiciado el lado derecho del cuerpo (y el hemisferio cerebral izquierdo) y cualidades suyas como la racionalidad o la determinación. Muchas estatuas de Ardhanari que se conservan en la India han sido mutiladas tanto por el hinduismo como por la colonización británica: en concreto se mutila el pecho izquierdo para borrar todo rastro femenino del ahora muchas veces llamado, de forma machista, simplemente Shiva. En la sociedad patriarcal y machista, en general a las mujeres les resulta más fácil conectarse con su parte masculina que a los hombres con su parte femenina, pues todo lo que es femenino fue reprimido, en particular toda feminidad de los hombres.

En el tao en cambio, la representación es menos antropomórfica y más abstracta, con el conocido símbolo yin-yang, indicando en su forma la dinámica entre ambos polos, la semilla de cada cual inscrita en el otro polo y su unidad fundamental en el círculo, entre otros aspectos significativos.

Vicen Montserrat
20-oct-2016

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