Los médicos dirán que estás roto. La biología dice otra cosa.
Si vas a un zoológico y te quedas mirando la jaula de un lobo o de un gran felino, a veces ves algo perturbador.
El animal camina de un lado a otro, pegado a los barrotes. Va y vuelve. Va y vuelve. Miles de veces. Con la mirada vacía, arrancándose el pelo a mordiscos o durmiendo 20 horas al día.
Clarissa Pinkola Estés, en su libro Mujeres que corren con los lobos, explica muy bien esto.
Si llamas a un veterinario de la vieja escuela, te dirá que el animal tiene un «desequilibrio químico». Que sufre de ansiedad generalizada, estrés crónico o depresión severa. Y probablemente le recete unas pastillas para que se calme y deje de dar vueltas.
Pero la biología dice algo mucho más evidente: Ese animal no está enfermo. Ese animal es una criatura salvaje y gregaria a la que han metido en una caja de cemento de dos por dos, aislada de su manada.
Su ansiedad no es un defecto. Es la respuesta perfectamente sana de un cuerpo al que le han robado su hábitat.
Ahora mírate a ti.
Vivimos en un sistema que nos ha convencido de que somos individuos aislados. Nos encierran en cubículos, nos separan de la tierra, destruyen nuestras redes de apoyo mutuo (la tribu) y nos dicen que el cuerpo es solo una máquina de producir.
Y cuando tu sistema nervioso no aguanta más y colapsa… Cuando sientes ese nudo permanente en el estómago, ese agotamiento que no se va durmiendo o esa sensación de que todo carece de sentido…
El sistema hace contigo lo mismo que con el lobo: te dice que la culpa es tuya.
Te dice que tienes que «trabajarte más», que no sabes gestionar tus emociones, o te da un ansiolítico (químico o espiritual) para que sigas rindiendo dentro de tu caja.
Es mentira. No estás roto. Estás domesticado.
Esa ansiedad que sientes es el precio biológico de intentar sobrevivir sin tribu.
Deja de buscar qué hay de malo en ti. El problema es la jaula.
