¿Te acuerdas de cuando nos encerraron?
Nos dijeron que era por nuestro bien.
Que era la única forma de sobrevivir.
Que «Papá Estado» nos cuidaba.
Y la biología de la mayoría, que en el fondo es la de un mamífero asustado, dijo: «Vale, tú mandas. Yo me quedo quieto».
Tiempo después, salió la sentencia.
El Tribunal Constitucional dijo que aquello fue ilegal.
Que nos quitaron derechos fundamentales que no se podían tocar.
Pero seamos honestos: para entonces, a la mayoría ya le daba igual.
Y aquí es donde la cosa se pone interesante.
No te hablo de política.
Te hablo de pulsión de vida.
Lo que pasó ahí fuera es lo mismo que pasa dentro de tu piel.
Tenemos tanto miedo a la intemperie, que estamos dispuestos a vender nuestra soberanía a cambio de una falsa sensación de calma.
Preferimos una jaula conocida (un trabajo que odias, una pareja que te apaga, una rutina anestesiada)
antes que el vértigo de un bosque por explorar.
Es duro admitirlo, pero la jaula es cómoda.
No te mojas cuando llueve y te dan de comer a su hora.
Wilhelm Reich, que de esto sabía un rato, lo decía claro:
«El problema no es que haya tiranos. El problema es que el esclavo no quiere libertad, quiere un amo mejor».
Buscamos a un «Papá» (o a un gurú, o a un médico, o a un líder espiritual)
que nos diga qué hacer para no tener que cargar con el peso de nuestra propia vida.
Porque la libertad no es esa cosa bonita de «fluir con el universo»
y poner fotos en Instagram.
La libertad es jodida.
La libertad es notar tus pies en el suelo
y saber que si te caes, te levantas tú.
Sin garantías.
Sin nadie a quien echarle la culpa.
Eso requiere un sistema nervioso entrenado para sostener alto voltaje. Y eso no te lo enseñan en el colegio.
En Trika no somos anarquistas de salón.
Somos investigadores de lo que ocurre cuando un cuerpo deja de pedir permiso para existir.
Y si prefieres la seguridad de lo conocido, también está perfecto.
Comprendo.
No te juzgo. La intemperie da frío.
Seguimos.
