Es una de las justificaciones que más oímos.
El freno de mano que nos ponemos justo antes de despegar:
«Es que soy muy intenso».
«Es que soy demasiado».
¿Y si el problema no eres tú? ¿Y si el problema es que te has acostumbrado a un mundo anestesiado?
La vida ES intensa.
El problema es que nos hemos desconectado de ella.
Y por eso, cuando sentimos la intensidad —la nuestra o la ajena— nos desborda.
No sabemos qué hacer.
Imagina un bebé en una reunión familiar, berreando a pleno pulmón.
Es pura vida.
Pura energía sin filtro.
¿Y qué hace la sociedad comedida y mediocre?
Se incomoda.
Lo tachan de «llorón» o «molesto». Es demasiada vida para validarla.
Así aprendemos.
Para que nos quieran, para encajar, nos apagamos.
Y eso se graba en el cuerpo:
Bajamos la cabeza.
Nos encorvamos.
Cortamos la respiración.
Contenemos la energía en la pelvis.
Esta domesticación tiene historia.
Es el control de la «bestia» del que hablamos la semana pasada.
A las mujeres emocionales se las llamó «histéricas».
Se medicalizó su potencia.
Y antes, se las quemaba.
A los hombres, la intensidad solo se les permitía en la guerra o en el trabajo.
Si se emocionaban fuera de ahí, eran «locos» o «afeminados».
A veces, esto se ve al revés en la sala.
Vemos a alguien que baila, que grita, que se expresa con esa intensidad.
A algunos compañeros les aparece el juicio.
Hasta que un día la vida los empuja a ellos mismos.
La práctica les toca el corazón o el dolor.
Y descubren con una claridad brutal que lo juzgaban porque no se lo permitían ellos mismos.
Para dejar de tener miedo a ser «demasiado», primero tienes que descubrir cuánto eres.
Necesitas un espacio seguro donde atreverte a soltar toda esa vida que has estado conteniendo.
DEJA DE PEDIR PERMISO PARA SER
No eres «demasiado».
Estás jodidamente vivo. Y ya es hora de sentirlo y vivirlo.
