El cabaret de mi tatarabuela, un barco genovés y la punta de flecha

La memoria no es solo trauma; es el pulso vital que te trajo hasta aquí.

Hace ya medio siglo que llegué al puerto de Barcelona.

Era 1975. Franco todavía no había muerto aquí, y en Uruguay había dictadura. Llegué con mi madre y mi hermano después de 18 días cruzando el océano en un trasatlántico genovés que había salido de Montevideo y había ido cosiendo el Atlántico: Río de Janeiro, Dakar, Canarias, Algeciras…

Yo era un niño con la mirada demasiado seria y clara para mi edad. Había vivido muchas cosas. Mi padre había estado preso y estábamos emigrando. Pero esa mirada seria no había perdido la chispa de la vida.

Lo fascinante de aquel viaje es que no era una huida hacia adelante, sino un retorno.

Mi bisabuelo era anarquista. A principios de los años veinte, huyendo de la dictadura de Primo de Rivera y los pistoleros del sindicato patronal, se exilió en Uruguay (como hicieron Durruti, Ascaso y tantos otros). Allí lo acabaron matando por sus ideas.

Tiempo después, mi tatarabuela le ofreció a mi abuelo (que había nacido en Barcelona) volver a España para hacerse cargo de una herencia familiar en Valladolid. Resulta que la herencia no era un simple edificio: la tatarabuela quería que regentara el cabaret y prostíbulo más famoso de la ciudad, justo frente al Teatro Principal (el edificio sigue ahí, fui a verlo hace un par de años, aunque Franco se encargó de cerrarlo en su momento).

Mi abuelo no aceptó la propuesta, pero eso sí supuso su regreso a Europa.

Mi madre nació allí, en Valladolid. Mis abuelos se separaron y mi abuela se volvió a Uruguay con ella. Allí nací yo. Y en el 75 hicimos el viaje de vuelta a Barcelona.

¿Y sabes cómo sigue el hilo?

Cuando mi hijo mayor creció, se fue a estudiar a Uruguay. Allí conoció a su pareja, allí concibieron a mi nieto, y el niño acabó naciendo aquí, en Cataluña.

Idas y vueltas. Océanos cruzados.

Te cuento todo esto porque a veces, cuando nos miramos el ombligo en el desarrollo personal, creemos que nuestros bloqueos o nuestras heridas son solo nuestras.

Yo le dediqué mucho tiempo a investigar mi árbol genealógico. Rastreé mis raíces (Portugal, Navarra, Andalucía, Italia, Francia) hasta llegar a los primeros registros eclesiásticos del siglo XVI.

Curiosamente, el sistema instauró esos registros tras el Concilio de Trento (allá por 1545) con una intención muy de control: crear individuos jurídicos que pudieran vender su fuerza de trabajo aisladamente. El origen del mecanicismo.

Pero al repasar esos nombres, yo no veo piezas de una máquina. Veo el hilo rojo de la vida.

Veo a gente moviéndose, cruzando mares, escapando de la violencia o de la miseria, y buscando amor y abundancia.

Tú y yo somos la punta de flecha de toda esa historia.

Por eso hablo de recordar, y no de reparar.

Porque la memoria celular no solo guarda los traumas, el dolor o la coraza de tus ancestros. La memoria también guarda un impulso de vida salvaje, una resiliencia brutal y un amor infinito que es lo que te mantiene respirando hoy.

No eres un individuo aislado. Eres el resultado de miles de cuerpos que sobrevivieron para que tú estés aquí.

Es fin de trimestre, así que la tribu del Círculo Kaula nos hemos ido a caminar por el bosque. Ahora mismo estamos encendiendo el fuego para cocinar y compartir unos manjares. Sin más pretensiones. Simplemente vida orgánica.

Si tienes la suerte de tener fiesta en esta semana santa, haz una pausa. Detente. Disfruta de los tuyos y honra el hilo que te trajo hasta aquí.

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