La trampa más seductora para no sentir el cuerpo.
Conozco a muchas personas capaces de pasarse dos horas meditando en un silencio perfecto. Hablan de amor universal y leen muchísimos libros sobre la conciencia.
Pero si tienen que decirle un simple «no» a su pareja, o si se enfrentan a un conflicto real en el trabajo, entran en pánico y huyen.
Es el síndrome del aspirante de sabio que flota.
En cierta espiritualidad de supermercado nos han vendido la idea de que lo más profundo está siempre «arriba». Que la carne, el conflicto, la rabia o el instinto animal son cosas mundanas, casi un estorbo, que hay que trascender.
Así que la gente se pasa la vida intentando escapar de su propia pelvis para refugiarse en una mente iluminada y pacífica.
Es el viejo truco de usar la meditación como anestesia. Un analgésico carísimo para no sentir el escozor y la fricción que supone estar vivos.
Pero no puedes construir un ático si no tienes cimientos. Si huyes del barro y de la fuerza de gravedad, tu paz es de plástico. Es solo una idea muy bonita dando vueltas en tu cabeza, pero a la hora de la verdad, no te sostiene.
Lo verdaderamente vivo e incandescente no está flotando en una nube de incienso. Está en mancharse las manos, en habitar el bajo vientre, en sentir el peso de los pies sobre la tierra y en dejar que la experiencia te atraviese sin anestesia.
Te cuento esto para que te observes hoy.
Cuando sientas una incomodidad, un enfado o un vacío, mira a ver si tu primer impulso es intentar respirar profundo para que se te pase, o mandarle «luz» a la situación para no ensuciarte.
Prueba a hacer lo contrario. Quédate ahí. Deja que la molestia ocupe su espacio. Siente el peso de tus piernas apoyadas en el suelo. No huyas hacia arriba. La vida real es densa y despeina un poco.
No olvides esto: los árboles que tocan el cielo son los que hunden las raíces más profundas de tierra.
