Comprender la vida no basta si luego no pones el cuerpo a jugar.
Conozco a muchas personas que se han leído muchos libros de Alexander Lowen, de Peter Levine y de neurobiología.
Entienden a la perfección cómo funciona la coraza muscular, saben explicarte qué es el nervio vago y conocen la teoría de memoria. Pero tienen el diafragma duro como una piedra, la mandíbula apretada y viven con un nudo constante en el estómago.
Son como enciclopedias con ansiedad.
La teoría es importante, por supuesto. Comprender lo esencial y abrir nuevas perspectivas sobre la vida nos da dirección. El problema es quedarse solo ahí.
Cierta espiritualidad y terapia moderna intentan «arreglar» el malestar desde el cuello para arriba. Te proponen: «siéntate, medita y detén tus pensamientos» —algo prácticamente imposible de hacer a voluntad para el ser humano moderno— o «túmbate en la colchoneta, respira y encuentra la calma».
Pero si llevas años acorazado, intentar forzar la quietud es una tortura. Quedarte inmóvil de golpe solo provoca que tu cabeza empiece a disparar mil pensamientos por segundo para no sentir la incomodidad del cuerpo. No puedes pensar tu camino hacia la relajación.
En Trika sabemos que la coraza no se disuelve atacándola. Se afloja sola cuando empezamos a construir nuevos sostenes y soportes internos. Cuando el organismo se siente en confianza, la armadura deja de ser necesaria.
Por eso, cuando vienes a la sala, no empezamos pidiéndote que busques tu paz interior. Primero nos recogemos. Le damos espacio a la cabecita, que siempre suele venir a tope, para que exprese su diálogo, para comprender y poner una intención a lo que vamos a hacer.
Y solo entonces nos ponemos a jugar. A bailar, primero tranqui, después a tope.
Mucha terapia suele buscar solo «descargar», igual que la meditación busca «parar». Nosotros apuntamos a recuperar la pulsación: movilizar la energía, permitir que la carga suba y dejar que la descarga y el descanso lleguen por sí solos, porque así es como funciona la vida.
Te comparto esto como una posibilidad para hoy.
Si llegas a casa con la cabeza a mil, en lugar de exigirte sentarte a meditar en silencio para intentar apagar la mente, podrías probar otra vía. Pon una canción que te remueva las entrañas, que toque tu emoción. Baila en tu salón, juega un poco contigo mismo, moviliza el cuerpo sin juzgarte. Y solo después, si te apetece, túmbate en el suelo. Es muy posible que notes cómo la gravedad te acoge de una forma completamente distinta.
A veces la mejor toma de conciencia es poner tu canción favorita y dejar que el cuerpo haga el resto.
