Tu aislamiento no es un accidente. Fue un proyecto político.
Nos han contado la historia a medias.
Cuando en el colegio nos hablaban de la caza de brujas, nos lo pintaban como un episodio de fanatismo religioso. Una época oscura llena de ignorancia y supersticiones.
Pero investigadoras como Silvia Federici han demostrado que aquello fue un proyecto político mucho más calculador.
No es cierto que quemaran brujas. La palabra «bruja» era, en realidad, un insulto utilizado por los propios inquisidores para señalar y criminalizar a las mujeres libres y poderosas.
Para poder instaurar el sistema mecanicista e hiperproductivo en el que vivimos hoy, necesitaban aislar al ser humano. Tuvieron que destruir el «comunal» (las tierras compartidas, los concejos abiertos, la red de apoyo vecinal) y, sobre todo, aniquilar la concepción viva y sentida del cuerpo que esas mujeres custodiaban.
Lo que realmente ardió en aquellas hogueras fue la red de apoyo mutuo.
El organismo humano tenía que dejar de ser un territorio vibrante y conectado a la tierra, para convertirse en una simple máquina de trabajo. Un engranaje dócil que solo obedeciera a la cabeza. Te cuento esto porque ese inmenso proceso de escisión no se quedó en los libros de historia. Está, literalmente, congelado en tu neurología.
Ese mandato silencioso de «produce, compite a solas y desconecta tu cabeza de tu pelvis» es exactamente la raíz de lo que hoy llamamos estrés crónico, inquietud o coraza muscular.
Comprender de dónde viene este aislamiento no sirve de coartada. Es para que lo apliques en tu vida. Para que dejes de culparte por estar agotado, para que empieces a cuidar tus vínculos cotidianos y para que reclames la soberanía de tu cuerpo ahí fuera, en tu día a día.
La verdadera resistencia no ocurre solo en una sala de práctica; empieza en tu casa, en cómo respiras y en cómo te relacionas.
Recuerda siempre esto: no fuimos diseñados para la soledad. Busca tu tribu.
