Nos desnudaban en la entrada

Te conté el otro día que la sociedad nos llena de mentiras «piadosas» para que no suframos.

Que nos montan mundos de fantasía.

Por cierto, yo de niño siempre supe que los «papá noel» y los «reyes» eran los padres.

Nunca me tragué el cuento.

Tal vez porque la realidad en mi casa era demasiado potente como para taparla con purpurina.

Yo tenía 3 años.

Mi padre 23 y estaba encerrado.

No había cometido ningún delito.

Simplemente se había reunido en asambleas, había repartido folletos y se había atrevido a cuestionar un sistema que estaba enfermo.

Pero claro, el sistema se basa en la violencia.

Si molestas, te quitan de en medio.

Se lo llevaron.

Yo iba a verlo a la cárcel.

Para entrar a visitarle, la policía nos hacía pasar por controles que no se me van a olvidar en la vida.

Nos desnudaban.

Allí mismo, para comprobar que no lleváramos armas.

A un niño.

Aquello fue humillante.

Podría haber sido traumático (y lo fue, no te voy a engañar).

Pero lo que me salvó la cabeza vino después.

Fue cuando salió.

Cuando por fin dejó atrás los muros, se sentó conmigo y no me trató como a un «pobrecito» al que hay que proteger.

Me regaló la verdad.

Me contó con detalle lo que le hicieron.

Me habló de la tortura.

Me habló de todo lo que sufrió.

Y me dio la lección que me ha guiado hasta hoy:

«Nos han hecho daño, sí. Pero no permitas nunca, jamás, que te traten como a una víctima. Si dejas que te miren con lástima, esa es tu verdadera derrota y la victoria del agresor».

Agradezco que no me ocultara nada.

La sociedad hace justo lo contrario.

Primero ejerce una violencia brutal sobre ti (te explota, te aísla, te medica).

Y luego, cuando te rompes, te dice:

«Ay, pobrecito, ven que te cuido. Toma este caramelo, toma esta pantalla, no mires eso que es muy feo».

Te infantiliza.

Te atonta.

Te convierte en una víctima perpetua para quitarte el poder.

Porque si eres una víctima, necesitas un salvador, y entonces ya eres suyo.

Victimizarse es el final de la dignidad.

Por eso en Trika no tratamos a nadie de «pobrecito».

Sabemos que vienes con heridas.

Todos las tenemos.

Pero aquí no vamos a ponerte un colchón de plumas para que te acomodes en tu dolor y te quedes ahí a vivir.

Vamos a ponerte tierra bajo los pies para que notes que, a pesar de todo, sigues de pie.

Se acabaron las fiestas con lucecitas de colores para distraerte, los caramelos y las mentiras piadosas.

Ahora toca la vida.

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