Todo el mundo lo sabe, pero nadie lo dice.
Son los padres.
Y esa es la primera mentira.
Nos dicen que es un acto de amor.
Que hay que mentir para proteger la inocencia.
Que si contamos la verdad, se rompe la magia.
Y ahí empieza el adiestramiento:
Nos enseñan que la realidad es aburrida y gris.
Y que para sentir «maravilla» necesitamos que alguien nos engañe con disfraces y regalos.
Nos venden una magia de pantomima para que no miremos la vida.
Ojo, no me entiendas mal.
En Trika no solo creemos en la magia.
Sino que vivimos la magia.
Sabemos que es real.
Hablamos de la sincronía brutal de la vida cuando estás conectado.
Hablamos de ese «hilo rojo» invisible que une las cosas cuando dejas de forzarlas.
Hablamos de lo sutil, de lo sensible, del misterio que ocurre en una mirada o en una emoción o en el amor compartido.
Esa magia existe.
Pero no necesita mentiras para sostenerse.
Al revés: solo aparece cuando te quitas la careta y te atreves a ser verdad.
La magia de mentira te pide que cierres los ojos y sueñes.
La magia real te pide que los abras y vivas.
