A menudo llega gente a la sala sintiéndose defectuosa.
«Tengo ansiedad».
«No encajo».
«Estoy deprimido».
«Todo me afecta demasiado».
Vienen con el diagnóstico puesto.
Como si fueran máquinas averiadas que necesitan reparación para volver a funcionar al ritmo que marca el mundo.
Siempre recuerdo aquella frase brutal de Krishnamurti: «No es signo de buena salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma».
Wilhelm Reich decía más o menos lo mismo.
Piénsalo un momento.
Vivimos en un sistema que va en contra de nuestra biología.
Que nos exige estar sentados ocho horas bajo luz artificial.
Que nos aísla en cajas de hormigón.
Que premia la insensibilidad y castiga la emoción.
Que ha convertido el vínculo en una tarea y la naturaleza en un recurso.
En este contexto, sentirse mal no es un fallo.
Tener ansiedad, a veces, es la única respuesta lógica de un organismo vivo que grita:
«¡Esto no es vida!».
Lo que llamamos «síntomas» a menudo no son enfermedades.
Son protestas.
Es tu «bestia» interna, tu parte salvaje y sana, golpeando los barrotes de la jaula.
Es tu cuerpo negándose a seguir anestesiado.
El sistema quiere que te tomes la pastilla.
Que hagas el curso de gestión del tiempo.
Que te «arregles» para seguir produciendo sin molestar. Quiere que te adaptes.
Pero nosotros no queremos que te adaptes.
Queremos que escuches esa protesta.
Si sientes que no encajas.
Si te duele el mundo.
Si tu cuerpo se rebela…
Quizás no estás loco.
Quizás eres el único cuerdo en un mundo que ha perdido el norte.
Quizás no necesitas curarte de tu inadaptación.
Sino honrarla como el primer síntoma de que estás despertando.
No intentes silenciar el síntoma.
Escucha lo que te pide. Generalmente, te está pidiendo menos ritmo y más vida.
Existen espacios de resistencia.
Lugares donde volver a ser humano es posible.
Trika es uno de ellos.
Recuérdalo:
No estás roto.
Estás vivo en un entorno hostil.
Sanar no es adaptarse. Es recuperar tu propia naturaleza.
