Recuerdo crecer sintiendo que ser «emocionado», apasionado o «demasiado intenso» era casi un defecto.
Una especie de exceso que había que disimular.
Como si mostrar tu fuego interno fuera de mal gusto, o incluso peligroso.
En muchos entornos existe una capa de mediocridad silenciosa.
Una norma no escrita que te empuja a no destacar, a no sentir demasiado, a no querer demasiado.
Y el cotilleo es el guardián de esa norma.
Ese chismorreo, esa difamación disfrazada de comentario casual, esa satisfacción interna que algunos encuentran al hablar mal del otro.
Se juzga todo: el éxito laboral, la libertad sexual, la forma de vestir, con quién te juntas…
Es una de las enfermedades más grandes de nuestra sociedad. Y funciona.
Porque genera miedo.
Miedo a brillar. Miedo a ser tú mismo. Miedo a que te señalen, te critiquen, te excluyan.
Y entonces, ¿qué hacemos?
Nos escondemos.
Dudamos de nuestros sueños.
Rebajamos nuestra potencia.
Nos cubrimos de cenizas para no deslumbrar.
A veces, para poder respirar, para atrevernos a ser y arriesgarnos a ir a por lo que queremos —un amor, una profesión, un proyecto que nos apasione— necesitamos salirnos de ciertos círculos.
Encontrar un contexto diferente.
Necesitamos una práctica y una tribu que nos dé permiso.
Un lugar donde tu pasión no sea un exceso, sino tu motor.
Donde tu brillo no moleste, inspire.
Donde puedas desaprender el miedo al juicio y recuperar tu fuerza genuina.
Eso es lo que construimos, semana a semana, en los grupos de bioenergética.
Si sientes que ha llegado el momento de dejar de esconderte, te invito a probar una clase abierta.
Deja de pedir permiso para ser quien eres.
Tu brillo no es una amenaza.
Es tu regalo al mundo.
¿Vas a seguir escondiéndolo?
