El otro día, ordenando un archivador viejo, encontré la foto en blanco y negro de mi bisabuelo.
Un hombre al que no conocí, que primero buscó libertad en Barcelona, huyendo con mi bisabuela de un entorno complejo en Valladolid.
Cuando la violencia del pistolerismo enrareció el ambiente, cruzó el océano con sus hijos, como tantos anarquistas, hacia Uruguay, donde en los años 40 fue asesinado por sus ideas.
Mi familia nunca regresó, hasta que lo hicimos nosotros, dos generaciones más tarde.
Me quedé mirándolo.
Y por un instante, sentí algo extraño.
Una corriente en la espalda. Un reconocimiento.
No era un recuerdo. Era otra cosa.
Una sensación de solidez, como si su presencia, de alguna manera, todavía estuviera detrás de mí.
Se nos olvida que somos el fruto de un árbol inmenso.
Somos la última rama o un eslabón crucial en una cadena ininterrumpida de supervivientes.
Detrás de ti hay una marea silenciosa de curanderas, militares, madres, artesanos, profesionales…
Cientos de historias, de luchas y de anhelos que te han traído hasta aquí.
Sus raíces son tus raíces.
Conectar con los ancestros no es un acto místico o folclórico.
Es conectar con esas raíces.
Es sentir ese sostén en la espalda, en los riñones, esa fuerza que no es solo tuya, sino que viene de muy lejos.
Es tomar la vida con todo lo que fue, con la fuerza de todos los que sobrevivieron para que tú, hoy, estés aquí.
Es dejar de llevar solo sus cargas para empezar a reclamar también su poder.
De eso va nuestro encuentro del Círculo Kaula.
Un espacio para honrar a los ancestros.
Para sentir esas raíces.
Para tomar esa fuerza.
Ojalá nos veamos allí.
