En la Inglaterra de finales del siglo XVI, el estado puritano y los primeros dueños de los talleres industriales necesitaban disciplinar a una población acostumbrada a los ritmos de la tierra y a las fiestas comunitarias.
Para lograrlo, en 1572 aprobaron un acta contra lo que llamaban «Vagancia y mendicidad resistente».
La ley dictaminaba que cualquier persona sana encontrada en los caminos comunales bailando, cantando, representando comedias populares o tocando música sin licencia de un noble debía ser azotada públicamente. Y marcada con un hierro al rojo vivo en la oreja derecha.
Una cicatriz para recordar a quién le pertenecía tu tiempo.
Paralelamente, los registros eclesiásticos de la época muestran una persecución obsesiva contra los «troncos de mayo», los árboles alrededor de los cuales bailaban las aldeas. Los edictos ordenaban talarlos de raíz. Los calificaban como «el taller del demonio».
El argumento del poder era claro: el baile colectivo y el éxtasis rítmico enseñaban al organismo a moverse por placer y autonomía. Eso volvía a los trabajadores completamente inútiles para la regularidad y el silencio que exigía la fábrica textil.
Moverse por el propio goce siempre ha sido una amenaza para la producción.
En Trika leemos, estudiamos e investigamos esta historia. Con Federici, con Reich, con quien toca.
No rechazamos la teoría. Al contrario.
Comprender de dónde viene la rigidez de nuestra columna, o el miedo al placer, es lo que le da dirección política a la danza. Sin esa mente despierta, el movimiento sería gimnasia vacía. El mapa importa.
Pero el mapa no mueve el cuerpo.
Y hay verdades que se quedan congeladas en la cabeza hasta que el organismo las comprueba en una sala, con otros, bailando o cantando.
Y si hoy tu espalda solo te pide tumbarte de lado en el suelo a no hacer nada, hazle caso.
Detener el ritmo de producción de la ciudad también es una forma hermosa de desobediencia.
