A veces la creatividad no desaparece. Solo queda congelada bajo capas de corrección.
Hay una niña cantando en el comedor.
No sabe la letra, así que se la inventa. Mezcla palabras, sonidos, nombres de animales, trozos de frases que ha oído por casa. El ritmo se le escapa. La melodía cambia cada tres segundos. No canta bien ni mal, porque todavía no ha entrado en ese tribunal.
Canta porque algo la atraviesa.
Y mientras canta, el cuerpo entero participa: las manos, la tripa, los hombros, las rodillas, la boca abierta sin vergüenza. No está interpretando una canción. Está dejando que una corriente encuentre salida.
Hasta que alguien, quizá sin mala intención, le dice:
«Canta bien o mejor no cantes».
Y algo se congela.
No se calla solo una canción. Se corta un gesto. Se interrumpe una corriente. Nace una vigilancia interna que antes no estaba: cómo suena mi voz, cómo se ve mi cuerpo, qué pensarán, si esto está bien, si es ridículo, si molesta, si mejor me espero, si mejor no.
A veces la creatividad no se pierde.
Se queda ahí, bajo una capa de corrección.
Durante años podemos creer que no somos creativos porque no pintamos, no componemos, no escribimos poemas o no sabemos hacer nada «artístico». Pero esa es una idea bastante pobre de la creatividad. Crear no es solo producir una obra bonita. Crear es dejar que una vitalidad encuentre forma.
Y la forma puede ser una canción, sí. Pero también puede ser una palabra que por fin aparece donde antes solo había nudo. Puede ser una rabia que deja de pudrirse por dentro y se convierte en límite. Puede ser una tristeza que encuentra voz. Puede ser un movimiento del cuerpo que no pide permiso. Puede ser una decisión que llevaba años esperando vivir.
Crear es dar forma a algo que, si no encuentra cauce, se queda dando vueltas dentro.
Y cuando la vitalidad no encuentra forma, no desaparece. Se convierte en tensión, inquietud, apagado, repetición. Se queda apretada en la mandíbula, en el diafragma, en las manos que no se atreven, en la pelvis que se contiene, en esa sensación extraña de estar viviendo con el freno puesto.
No porque falte talento.
Muchas veces lo que falta es permiso interno.
O mejor dicho: lo que sobra es una vigilancia antigua que aprendió demasiado pronto a dirigir la vida desde el miedo al juicio. Y, poco a poco, desde el propio juicio interno.
Y no va de volverse artista ni de fabricar algo bonito para enseñarlo después. Va de recuperar el gesto propio: ese que no necesita demostrar nada, pero sí necesita espacio, cuerpo y un poco de confianza para volver a aparecer.
