El lirio de mi abuela Encarna

el momento en que la tierra ya está lista

Hay un momento en la primavera que ya no tiene que ver exactamente con su arranque, sino con algo bello y también incómodo. Es cuando lo que estaba protegido debajo de la tierra o en el interior de la semilla deja de estarlo y se expone. Cuando algo en ti ya se ha abierto y sabes que no puede volver a cerrarse. Aparece entonces cierta sensación de expectación, y también de vulnerabilidad e intemperie.

No estamos todavía delante de la flor en su plenitud. Es un punto previo más vulnerable: el del brote recién salido, expuesto y tierno que va aprendiendo poco a poco a sostenerse en un medio nuevo.

En muchas tradiciones, esta luna de abril señalaba también otra cosa: el momento en que la tierra ya está lista y se empieza a trabajar de verdad. Ya no basta con que algo haya brotado. Esta estación nos pide que entremos en relación con ello: que lo toquemos y sostengamos su crecimiento sin forzarlo ni tampoco abandonarlo.

A este momento le hemos llamado: Luna del primer brote

Te compartimos este relato de nuestra compañera Rocío Carmona porque, de alguna manera, habla exactamente de eso.

Hace unas semanas empezó la primavera. El mismo día del equinoccio, la nueva estación me trajo algo muy hermoso. Al abrir la ventana, nada más despertar, me encontré con ella.

No es esta una flor cualquiera.

Es un lirio, pero también es un hilo que me conecta con mi linaje materno y con Andalucía. Lo plantó mi abuela en su casa de Osuna, y esta planta que cuido hoy nació de un esqueje de aquella primera, un regalo que me dio mi madre hace algunos años.

Florece solo una vez al año, en primavera, pero cada vez que sucede siento que yo también florezco un poco por dentro. Me rindo ante el estado de arrobamiento al que me lleva la contemplación de la primera flor, de ser testigo de algo tan tierno y pequeño que, sin embargo, se siente monumental por todo lo que invoca. Como decía Ralph Waldo Emerson, “la tierra ríe en flores”, y en esa risa hay un misterio que me desarma y me deja blandita. No sé qué tienen las flores, qué mecanismo activan para abrirnos ese espacio de belleza pura en el corazón. Es ese instante en el que, como una se olvida de sí misma para, simplemente, ser parte del asombro.

Bajo la tierra, donde la luz no llega y el tiempo no se mide igual, dormía un bulbo de lirio. El bulbo no era todavía flor. Era una forma cerrada, grisácea, apretada sobre sí misma, que guardaba en silencio una promesa que aún no tenía figura.

Nuestro bulbo vivía en la oscuridad, y en esa oscuridad había frío, había peso, y había una quietud espesa y lenta que lo envolvía todo. Aunque también había alimento. La tierra lo sostenía sin pedirle nada y el agua le hacía llegar la nutrición necesaria. Y él, sin saber que existía otra cosa, crecía muy despacio, hacia dentro. Si nuestro bulbo hubiera podido imaginar, habría pensado que solo eso era el mundo: esa humedad, ese recogimiento, la oscuridad, el tiempo detenido.

Y, sin embargo, un día, algo empezó a cambiar.

Fue una sensación ligera, casi imperceptible al principio, como un calor leve en medio del frío, como el beso fugaz de una madre en la frente de un niño febril, como el primer latido de una nueva pulsación. El bulbo se estremeció. Aquello no dolía, al menos aún, aunque le impulsaba a moverse sin poder evitarlo. ¿Hacia dónde? ¿Y cómo? Se le ocurrían muchas preguntas, pero ninguna respuesta. Al fin y al cabo él solo era un pequeño bulbo y no sabía nada de muchas de las cosas que suceden en el mundo.

Notaba, eso sí, que aquella presencia crecía. Se sentía como un fueguito que empujaba desde dentro, una calidez abriendo un espacio donde antes no lo había. Si hubiera podido sentir, el bulbo habría sentido miedo, porque intuía que, si seguía ese movimiento, la forma conocida, seca y marrón-gris que lo había protegido hasta entonces dejaría de ser suficiente. Así que intentó resistirse un poco, se cerró más y se sostuvo en lo conocido, como si así pudiera regresar a la calma de antes. Si se quedaba muy muy quieto, quizá aquello pararía.

Pero, no “aquello”, fuera lo que fuera, no se iba.

La sensación era paciente, constante, como si pudiera esperar. Como si conociera el momento exacto. Fue ocupándolo todo poco a poco, ensanchándolo desde dentro, empujando contra sus propias paredes, pidiéndole una y otra vez algo que se intuía importante.

Y el bulbo se tensaba. Y se apretaba contra sí mismo, intentando contener ese empuje, sostener su forma, no ceder. Cuanto más resistía, más crecía la presión. Más tirante se volvía su piel, más estrecho su propio interior. Hasta que llegó un momento en que sostenerse así cerrado empezó a doler demasiado.

La inquietud era constante y no le dejaba descansar del todo. La oscuridad que antes lo acunaba y lo tranquilizaba ya no era igual de cómoda. El frío se le volvía más áspero. La quietud, más difícil de habitar. Y por más que intentara volver a recogerse, a quedarse como antes, ya no encajaba del todo.

Más soles y más lunas pasaron. Aquel invierno había llovido mucho. La sensación empezó de repente a tener un sonido. Algo así como un zumbido, una vibración. Aquello ya era irresistible. Poco a poco, muy despacio, un segundo detrás de otro, la superficie del bulbo se agrietó.

Y por esa grieta, pequeñita, incierta, algo pálido y delicado comenzó a asomarse. Ese algo no sabía qué era la luz, no sabía qué era el aire. Solo sabía que tenía que responder a un impulso imparable. Y así, el bulbo atravesó la tierra húmeda, el peso, la noche, guiado por algo que no veía pero que no dejaba de llamar.

Un día de mucho viento, sin entender cómo, tocó la superficie. Allí, en ese espacio intermedio entre lo oculto y lo abierto, se desplegó. Y lo que había sido silencio y espera, y gris y tierra, se alzó en un tallo fino, casi imposible, que sostuvo, sin esfuerzo aparente, una hermosa flor de color morado abierta hacia el sol.

Los pétalos, suaves y tensos a la vez, se ofrecían sin resguardo, recién salidos de la oscuridad. Bailaban con el aire, aleteaban en los bordes, se movían a su compás. Había en ellos una ternura expuesta, una forma de desnudez sin defensa, y, sin embargo, no dudaban: no se protegían, no se contaban ninguna historia. Simplemente estaban ahí, abiertos, danzando con el viento y cantando una delicada canción que solo las brujas y los brujos, y las hadas y los elfos, y los niños y los gatos, y los pájaros y los otros animales podían oír.

Sostenidos sobre todas esas capas que la paciencia, la oscuridad, y también el miedo, habían ablandado, sobre la forma que ya no pudo mantenerse intacta, sobre todo aquello que, al ceder, dejó paso. Sobre la noche que los guardó y también tuvo que abrirse. Y sobre la grieta, que al final se volvió camino.

Rocío Carmona

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