El bicho que se comía los libros

Galeano cuenta una historia preciosa sobre un bicho mínimo: el pescadito de plata.

Ese insecto brillante, casi invisible, que vive entre libros viejos, papeles húmedos, bibliotecas, cajones y rincones donde la luz entra poco. Se alimenta de celulosa. Devora páginas. Puede pasarse la vida entera comiendo palabras, sin hacer demasiadas preguntas sobre lo que esas palabras dicen.

Le da igual si el libro habla de amor, de guerra, de dios, de botánica, de cuerpo o de política. Él come. Avanza. Mastica biblioteca.

Y hay dos detalles que me parecen cruelmente perfectos.

El primero: huye de la luz.

El segundo: aunque se llama pescadito, nunca toca el agua.

No sé tú, pero yo he sido bastante pescadito de plata en algunos momentos de mi vida.

He leído para no sentir. He subrayado para no respirar. He buscado el siguiente libro, la siguiente teoría, el siguiente mapa, para no entrar en ese territorio mucho más incómodo donde el cuerpo ya no te deja hacerte el listo.

Porque leer está bien. No voy a hacer aquí el elogio bruto de la ignorancia, que bastante tenemos ya con eso en el mundo. Leer puede abrir puertas. Puede ordenar. Puede darte lenguaje para nombrar lo que antes solo era un nudo en el pecho, una mandíbula apretada, un diafragma bloqueado o una tristeza sin forma.

Las palabras importan.

Pero no sustituyen la experiencia.

Puedes leer cuarenta libros sobre el cuerpo y seguir congelándote cuando alguien te mira de verdad. Puedes entender perfectamente que el organismo guarda memoria y, aun así, vivir como si la vida ocurriera solo de cuello para arriba.

Ahí empieza el asunto.

No siempre nos falta información. A veces nos sobra.

Sobra información y falta agua.

Falta entrar en una sala. Sentir los pies. Respirar sin convertir la respiración en una técnica más. Moverse sin estar pendiente de si lo estás haciendo bien. Notar qué hace el organismo cuando deja de explicar y empieza, simplemente, a estar.

Eso no se aprende leyendo. Se comprueba.

Y comprobar tiene menos glamour que entender. No da sensación de control. No queda tan bonito en una estantería. Pero cuando el cuerpo comprueba algo, la cosa cambia de lugar. No se queda flotando en la azotea. Baja. Entra en la fascia, en la respiración, en el pulso, en la manera de acercarte o retirarte cuando algo dentro se mueve.

El pescadito de plata no es un enemigo. También nos ha cuidado. A veces leer fue la única forma que tuvimos de acercarnos a la vida sin quemarnos.

Solo que, de vez en cuando, conviene recordarlo:

conocer todas las letras del mar no es lo mismo que mojarse los pies.

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