La ironía de sentirte solo estando acompañado.
Eduardo Galeano tituló el segundo tomo de su Memoria del fuego como «Las caras y las máscaras».
A lo largo de esas páginas, Galeano cuenta cómo, durante siglos, los pueblos de América Latina fueron obligados a fingir para sobrevivir. Tuvieron que ponerse la máscara del sirviente dócil, la máscara del devoto sumiso, la máscara de la alegría obligatoria para no ser aniquilados por el poder.
Y cuenta una gran ironía: en los carnavales, los oprimidos se ponían máscaras monstruosas para, por fin, atreverse a gritar sus verdades.
Es decir, la sociedad nos obliga a llevar una máscara a diario para esconder quiénes somos, y necesitamos disfrazarnos de otra cosa para poder ser libres un rato.
Si lo piensas, en nuestras relaciones más íntimas hacemos exactamente lo mismo.
Por terror a que nos rechacen, a que nos vean vulnerables o a que no nos quieran, nos construimos un «personaje» impecable. Nos ponemos la máscara del fuerte que no necesita a nadie, la de la complaciente que siempre sonríe, o la del duro al que nada le afecta.
¿Y sabes qué es lo peor que te puede pasar? Que la otra persona se enamore de la máscara.
Porque entonces estás atrapado. Te condenas a sostener ese personaje de cartón piedra las 24 horas del día para que no te dejen de querer.
Por eso hay tanta gente que, durmiendo en la misma cama con su pareja, siente una soledad abismal. Porque en el fondo saben que a quien están mirando y abrazando no es a ellos, sino a la armadura que se han puesto.
La intimidad real aterra porque exige arrancarse la máscara. Exige mostrar el hambre, la necesidad, la rabia o la torpeza que llevas años tapando. Pero es el único antídoto real contra la soledad.
Ojalá te atrevas a que te vea quien quieres que te ame.
