Es una de las frases que más escuchamos:
«Ya sé la teoría.
He leído los libros, he hecho terapia, sé perfectamente por qué me pasa lo que me pasa…
Pero sigo repitiendo los mismos patrones.
¿Por qué no puedo cambiar?».
Si te sientes así, lo primero que has de saber es que no es un fallo tuyo.
Es un legado cultural.
Es el resultado de un viaje que, como sociedad, hicimos hace siglos y que nos desconectó.
Hubo un momento, sobre todo en Occidente con el auge de la Razón, en que decidimos que la mente era la virtud.
Descartes dijo «Pienso, luego existo».
Y con eso, partimos al ser humano en dos.
Se creó una nueva dualidad:
Por un lado, la Razón.
Lo civilizado, lo humano, lo divino.
Por el otro, la Bestia.
El cuerpo, la naturaleza, los instintos «pecaminosos» que había que domar.
Esta separación no fue casual.
Correspondía a una sociedad basada en la guerra, la violencia y el trabajo forzado.
Para imponer ese sistema, había que desnaturalizarnos.
Que desconectarnos de nuestra sabiduría biológica, animal y viva.
Había que domar a la bestia.
Y la psicología tradicional, en gran medida, heredó esa visión:
Se ocupa de la mente, de la razón, de la palabra. Pero se olvida del cuerpo.
Por eso «entenderlo todo» no te cambia.
Porque el entendimiento es solo la mitad del mapa.
Y la mitad equivocada.
La labor de la bioenergética y el tantra no dual es revertir ese viaje.
No se trata de entender más.
Se trata de descender.
De volver a habitar ese cuerpo que nos dijeron que era peligroso.
De reconectar con esa sensibilidad que nos obligaron a rechazar.
Para desarmar siglos de esta programación mental no basta con una charla.
Se necesita una inmersión.
No puedes pensar tu camino de vuelta al cuerpo.
Tienes que sentirlo.
