¿Recuerdas dónde estabas el pasado lunes 28 de abril? Yo sí. Estaba saliendo de una reunión, decidido a hacer algo que llevaba tiempo posponiendo: comprar un poco de oro.
No soy millonario, ni me sobran los ahorros, pero llevaba dándole vueltas desde la plandemia y por fin tenía algo apartado para invertir en ese espacio de seguridad. Bendita intuición la mía: decidirme a comprar refugio justo el único día en que el mundo se apagó.
Mientras caminaba hacia el coche, saqué el móvil para poner la dirección en el GPS. No funcionaba. Lo reinicié. Nada.
Miré a mi alrededor y vi que los semáforos estaban apagados. El tráfico empezaba a ser un caos silencioso.
En cuestión de segundos, la ciudad moderna y eficiente se convirtió en una ratonera desconectada. Había llegado el famoso «cero eléctrico» del que tanto nos habían avisado.
Como no sabía llegar a la tienda, me di la vuelta y fui al colmado del barrio a comprar algo de comida.
La escena que vi allí se me quedó grabada a fuego.
Había una cola enorme. La gente intentaba pagar con tarjeta o con el móvil. La dueña negaba con la cabeza: «No hay línea, no funciona nada».
Un vecino le suplicó: «¿Me fías? Te lo pago cuando vuelva la luz».
La respuesta fue seca: «No».
Solo los que llevábamos efectivo pudimos comprar algo ese día.
Hoy hace exactamente 8 meses de aquello. Y creo que es buen momento para recordar que la ilusión de seguridad es muy frágil.
Nos han vendido que vivir en un piso en Barcelona con fibra óptica y supermercados es la cima del bienestar. Pero bastaron unas horas para darnos cuenta de que, sin el sistema, no tenemos nada.
Si cortan la luz o bloquean las cuentas… tu tarjeta no vale más que el plástico del que está hecha. Nada.
Ese día lo vi claro: La dependencia es la mayor trampa.
Por cierto, unos días después, cuando volvió la normalidad, sí compré mi primera monedita de oro. La tuve en la mano con la seguridad absoluta de que no era mala idea en los tiempos que corren.
En el siguiente correo te contaré más sobre esto y te pasaré mi lista de «básicos materiales» para sobrevivir al caos. Pero hoy, ocúpate de lo básico interno.
